Opinión

Mentir es un arte

Por: Patricia Berdejo

El arte o vicio de la mentira requiere una memoria ágil, prodigiosa y de múltiples habilidades creativas para interpretar, creer y divulgar lo que surge de la imaginación sin ningún tipo de soporte o fundamento sustentable.  

El engaño, la falacia, los falsos testimonios y el asunto de afirmar sin escrúpulos lo que no es cierto ni evidente, es inherente al hombre, cualquiera que sea la causa que lo incite: el incumplimiento, la irresponsabilidad, el desaliento, las emociones, las falencias, las frustraciones, el desamor u otros pesares.

Expresar y afirmar lo que no es, lo que no pasa por la mente o lo que es improbable que ocurra, es un recurso del desarrollo integral de las personas y tiene un poder destructor inimaginable.

La mentira, como subterfugio en los niños, para impactar, parecer más interesantes y astutos o como agente que les permita ocultar un error o enmendar cualquier circunstancia, es justificable por cuanto todavía no está estructurada su personalidad y es posible también que si su entorno está rodeado de individuos represivos, totalitarios o intolerantes, se utilice como mecanismo insustituible de defensa y protección.

Es rutinario que, se recurra a ella en cualquier rango de edad y ante un evento de cualquier matíz, pero cuando ya se convierte en rasgo definitivo es ineficaz, lesiva y deleznable.  Cuando mentimos cambia nuestro tono de voz, nuestros gestos varían y las pulsaciones fluctúan. Sus repercusiones van de lo llano a lo complejo porque el personaje mendaz ha de construir una falacia sobre otra,  porque su utilidad es aparentemente poderosa pero efímera en su esencia.

Se miente cuando se incumple un deber, se cae y se recae en este acto de excusa inexorable que permita superar el exceso o disipar la omisión, convierte al individuo que la asume en reincidente  cuando implica afrontar  episodios o asuntos que vulneren o transgredan por lo general ante un suceso que impacta, un diagnóstico fatal o una enfermedad catastrófica e irreversible, cuando no se atiende un compromiso o simplemente cuando quedar bien supera la fatal lesión que puede provenir del autoengaño. 

Cuando mentimos, no estamos reparando el error ni restaurando lo que ya es vano, nulo o estéril. Al incurrir en esta equívoca actuación, nos propinamos una herida lacerante que nos hace cada vez más endebles y que intenta infructíferamente   pretender asignarle un lugar transitorio a lo que no tiene capacidad de moverse, mudarse o  transferirse. Las mutaciones persisten únicamente en el pensamiento del farsante porque la realidad y la certeza, como virtudes, es lo que se hace inamovible y lo que hábilmente libera y emancipa el espíritu de quien hace de ella su más valioso estandarte. Si al ritmo trepidante en que se tejen mentiras se fabricara tejido social viviríamos quizá en un planeta libre de telarañas y marasmos que entorpecen, arruinan y aniquilan.

 Los mitos, la ficción, la leyenda y la fábula  constituyen un pilar fundamental en las diversas culturas y civilizaciones de todas las épocas, como método capaz de hacer volar nuestra imaginación, como figura distractora y estrategia válida en literatura, cine y en cualquier otra expresión manifiesta de los mortales, pero jamás ha de transformarse en herramienta de uso cotidiano y permanente para manipular, sobresalir, menoscabar y sobrevivir, conlleva no solamente al deterioro progresivo de las facultades importantes en el ejercicio de intervenir en los escenarios de la  vida diaria y en cada uno de sus contextos, sino que condena a vivir por siempre bajo el espectro de la duda, inculpados, reseñados y sin esperanzas ni visos de abrazar la libertad y la armonía que confiere una actitud franca y sincera, a donde la “verdad” prevalezca con la potencia de su eco y el vigor implacable de su resonancia.

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