Opinión

¡Cuánto daría por abrazarlos!

Por: Patricia Berdejo

La sonrisa oportuna, la espontaneidad, la conversación casual, la solidaridad inesperada, el  amigo transitorio, el que acude veloz, el cómplice del momento, el transeúnte que nos acoge sin reconvenir y todo aquel que transita por nuestro universo, desprevenido y quizá solo una vez. Aunque su presencia no volvamos a percibir jamás, es innegable que la naturaleza humana en sus actos impredecibles, da cuenta de seres excepcionales y únicos a quienes hoy desde mi impotencia de abrazarlos en lo físico, quiero tributar; desde la sensibilidad de mi afecto, mi cariño sincero, cálido e imperecedero.

 Shakira, como le llamaban a aquella dama que deambulaba por mi barrio; en visible actitud menesterosa, escondía a mi paso, su mano y su gesto suplicante. Era tal el respeto que me profesaba,  que jamás me aceptaba una dádiva en dinero. Proporcionarle ayuda provenía de entregarle un platillo de comida recién hecho o cualquier otra cosa que tuviera a bien ofrecerle. La recibía como asunto de gran significancia, porque su naturaleza prudente y sabia superaba el valor de una moneda. Sedienta alguna vez, bajo un sol candela y desolada acaso por la desesperanza de alguna calamidad que ni recuerdo, felizmente y como divino refugio, la divisé en una avenida muy concurrida, con su ropa descolorida, su piel percudida, pero con su alma siempre colorida, su talante dulce y además  sonreída.

“El Pana”, ladronzuelo y adicto, de otro sector donde vivimos también, era un tipo larguirucho, enjuto y con visibles cicatrices en sus brazos y en su rostro. Se quejaba siempre de la temperatura sofocante  y clamaba por bañarse, mi madre solía sacarle a la puerta una manguera para que dispusiera del agua a su antojo y le prodigaba jabón y lo que hubiere de comer. Simulaba a Shakira en su actitud de no solicitar dinero. Hacía gala de sus fechorías, ya ni nos impactaba con sus historias de pillo y forajido. El hombre, paradojicamente, no nos inspiraba temor ni desconfianza alguna, ni jamás nos amedrentamos, con lo que nos relataba de su accionar delictivo y reincidente, pese a las advertencias y al pánico que suscitaba entre los vecinos. Asoma este caballero a nuestra puerta  una mañana en que mi madre amaneció con el pié izquierdo y pa’ quitarselo de encima le dijo:

-Lárgate, Pana, que aquí no hay un maíz que asar.- Reapareció al rato, sudoroso y tembloroso, con medio litro de leche y un pan: -recíbelo, madrecita, que me lo cogí empacado para que lo comas sin asco, la leche la pedí y mientras… robé pan para tí-

Singular y memorable acto,   atado a mis más dulces reminiscencias,  aquel pan robado que comimos sin que nos acusara el pecado.

 ¡Cuánto daría por abrazar a ese facineroso, judío errante y a aquella otra estrella fugaz y rutilante!

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