Mundo Opinión

Cómo afrontar la basura electrónica 

Por: Gabriel Zurdo

Clarín.com

Nunca antes la humanidad había generado tanta basura electrónica: más aparatos, utilizados más intensamente, a más temprana edad… para vivir conectados y hacer todo digitalmente. ¿Cuántos dispositivos usamos por semana? ¿Cada cuánto y por qué los cambiamos?

Según la ONU, se generan 50 millones de toneladas de desechos electrónicos al año, y la mayor parte no es procesada debidamente por esquemas de reciclaje óptimos para el medio ambiente.

Los últimos años han estado marcados por un fenómeno indiscutible: el creciente ritmo en el que evoluciona la tecnología. Esta velocidad imparable con la que los dispositivos que utilizamos mejoran hace que, al poco tiempo de disponer de ellos, tengamos que cambiarlos.

A veces por simple moda, snobismo, capricho o necesidad, otras veces por una pulsión que llamamos “tecnolófica” ya que el avance imparable de la tecnología hace que nuestra percepción sea que los dispositivos quedaron obsoletos.

Estamos mucho más conectados que antes, a más dispositivos y con franja etaria cada vez más amplia. La tendencia es en alza: electrodomésticos, vehículos autónomos, domótica hogareña, mascotas geolocalizadas, juguetes sexuales, trabajo remoto para todo el mundo. Los niños están más conectados que nunca desde edades muy tempranas. Los “pandemials” son las bases de la proyección de consumo de bit y bytes, protagonistas de la hiperconectividad y de la digitalización total en el futuro.

La necesidad de la eficiencia de la economía global sugiere que la automatización de los procesos industriales crecerá a pasos agigantados en la próxima década. Esto, junto a la explosión de los servicios de “las NUBES” y la evolución de la industria de microchips, provocará que la basura electrónica se convierta en un problema real si no decidimos tratarla debidamente.

Cualquier dispositivo electrónico contiene materiales altamente contaminantes. En algunos casos se trata de metales pesados como cromo, mercurio, plomo, cadmio, arsénico o antimonio que podrían causar daños para la salud y el medio ambiente. El mercurio, por ejemplo, produce daños al cerebro y el sistema nervioso; el plomo potencia el deterioro intelectual, ya que tiene efectos perjudiciales en el cerebro y en todo el sistema circulatorio; el cadmio puede producir alteraciones en la reproducción e incluso llegar a provocar infertilidad; y el cromo, está altamente relacionado con afecciones en los huesos y los riñones. Una batería de níquel-cadmio, utilizada en smartphones, podría contaminar 50.000 litros de agua, mientras que un televisor puede hacerlo con 80.000 litros.

Por otro lado, existe también una gran variedad de materiales y plásticos valiosos, decenas de elementos de la tabla periódica pueden hallarse en los desperdicios electrónicos. Muchos de ellos son técnicamente recuperables, metales preciosos incluyendo oro, plata, cobre, platino, y paladio, pero también un valioso volumen de hierro, aluminio y plásticos que podrían reciclarse.

Los smartphones, tablets, computadoras, pequeños electrodomésticos y televisores contienen componentes que podrían clasificarse de la siguiente manera: 70% de materiales reciclables (plásticos, metales ferrososos y preciosos, vidrio), 25% de materiales reutilizables (cables, motores, fuentes, imanes) y un 5% de residuos peligrosos (tubos de rayos catódicos, plaquetas de circuitos integrados, gases de refrigeración).

El Microchip Intel 4004 de 1971 contenía 2.300 transistores; el Graphcore MK2 lanzado en 2021 tiene 60.000 millones de transistores: 7 veces la población de la tierra. Para 2025, los datos colectivos de la humanidad alcanzarán los 175 zettabytes (el número 175 seguido de 21 ceros). Estos datos incluyen todo, desde transmisión de videos y aplicaciones de citas hasta bases de datos de atención médica.  La mayoría de los consumidores renueva smartphone cada dos años promedio. Para el año 2023, habrá 30.000 millones de dispositivos electrónicos conectados a Internet en el mundo. Este problema no se limita a la superficie terrestre y es una buena manera de visionar a qué nos tendremos que enfrentar en el futuro.

La basura espacial es un término para designar objetos artificiales diseminados en el espacio, principalmente en la órbita terrestre, que ya no están en funcionamiento: naves espaciales, etapas abandonadas de vehículos de lanzamiento, escombros de fragmentación, satélites abandonados, cohetes gastados, manchas de pintura, líquidos solidificados por desintegración de naves espaciales, partículas no quemadas de motores de cohetes sólidos.

La basura espacial se ha convertido en una preocupación cada vez mayor en los últimos años, puesto que las colisiones a velocidades orbitales pueden ser altamente perjudiciales para el funcionamiento de los satélites y pueden también producir aún más basura espacial en un proceso llamado Síndrome de Kessler. La estación espacial Internacional está blindada para atenuar los daños de este peligro.

Entre otras cosas, proyectos como Starlink y los probables 42.000 microsatélites para conectar internet podrían verse afectados e incluso convertirse en protagonistas de agravar esta situación.

Según la NASA, en la órbita baja de la Tierra existen al menos 26.000 fragmentos iguales o mayores a una pelota de tenis, tamaño suficiente para destrozar un satélite. Pero de tamaño más pequeño podría haber más de 500.000 y más de 100 millones similares a un grano de sal. Los datos de la Agencia Espacial Europea indican que existen 7.800 satélites en el espacio, buena parte de ellos sin actividad y 36.000 piezas de basura espacial de 10 centímetros.

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