Crónicas Opinión

Ya yo ya

“Ya estoy tranquilo. Ya no espero nada.

Ya sobre mi vacío corazón

desciende la consciencia agraciada

de no querer una ilusión”.

Fernando Pessoa 

Por: Giancarlo Calderón Morón

Segundo Lugar en el concurso departamental de Crónica 2020 

Alguno de esos días, insoportablemente calurosos, la mayoría del tiempo con una promesa incumplida de lluvia, que además pasaron como con un efecto de reloj ralentizado que, sin embargo, a veces se aceleraba, y sin mucho más sentido que una rutina llevadera, volví a visitarlo. Volví a visitar a Celso, Celso Castro, el artista. Era una visita que tenía varios propósitos. Llevarle, por un lado, un poco de dinero como último pago por un cuadro que le había comprado hacía unos cinco meses atrás. Llevarle, también, una revista y un libro de regalo previamente anunciados a nuestra amiga común, MM, con la que él se vería pronto y entonces podría fungir de mensajero y entregar los presentes. Y por último, lo visitaba con la intención de mostrarle la carátula tentativa de un proyecto, de un libro, que yo mismo diseñé desde la precariedad de mis habilidades como diseñador gráfico, en el también precario pero entretenido programa de edición que tiene incorporado mi teléfono celular.

El proyecto editorial planeado es una recopilación de sus dibujos. De algunos de éstos: unos recientes, pues hace un par de años que está teniendo una producción importante. Y otros que han sobrevivido en carpetas o marcos durante veinte, treinta, cuarenta años. Esperé un poco, y después de fumar  algún cigarrillo, tomar un poco de agua, ver los trabajos del día, y dar una vuelta por la sala y el comedor viendo los cambios acostumbrados de cuadros, entonces busqué el archivo en mi celular y se lo mostré. Y a pesar de la mencionada precariedad doble, mi escasa destreza en diseño y el limitado programa de edición, le gustó. No pudo esconderlo: 

– Precioso -dijo sin sobresaltos- .

Básicamente lo que es precioso es el dibujo de él, en el que traté de intervenir muy sutilmente con su nombre y la palabra ‘dibujos’, y un par de fechas. Es una especie de prueba inicial para tener una idea de cómo quedaría. Luego le mostré otra opción que también había diseñado y esta vez tampoco pudo esconderlo: 

– Horrible -dijo también sin acentuar mucho-. 

Por último, le mostré la imagen de otro proyecto, esta vez de lo que sería una recopilación de textos míos, y que también incluía en la tapa tentativa uno de sus dibujos: “Jacinto. Celso Castro. Nueva York. 1988”. Esta propuesta también le gustó. Le gustó, sí, pero nada más que eso. Y es un gusto para mí que le hayan gustado dos de tres: buen balance. Repito: para mí. Pero en él no hubo alegría, ni mucho menos entusiasmo, o por lo menos lo supo camuflar muy bien entre la seriedad y la tranquilidad, casi estoicas, con las que se movía en esos días confusos: rápidos y lentos al mismo tiempo. Días de ese junio que nunca comenzó del todo y que de un momento a otro se estaba acabando.

El entusiasmo, ciertamente, corría por mi cuenta. Quería hacerlo partícipe de esta idea de la cual el protagonista era él, o su trabajo artístico. Pero esto no parecía moverlo en alguna dirección que indicara una sensación o expectativa positiva. Entonces, ante la mínima insistencia por mi parte de querer contagiarlo con algún tipo de alborozo, su tranquilidad mutó a una especie de ofuscación decente. Con resignación y cierto dolor contenido soltó: 

– Haz lo que te dé la gana con eso. Lo traes y yo te firmo la autorización. Y listo. 

Lo dijo con fastidio. No conmigo, pero, entonces, ¿con quién o con qué? ¿Con la vida?, eso tan amplio e indefinible. O ¿con algún destino aceptado a regañadientes? No sé. ¿Quizá con él mismo? Tampoco sé. Y lo más seguro es que ni él mismo sepa exactamente porqué o contra quién era ese fastidio: 

– Giancarlo: a mí no me interesan esas cosas, que salgan esas cosas por estas tierras. ¿Para qué?. Aquí a nadie le interesa el arte ni nada de esto. 

Y luego, con una pausa espontánea, cierto suspenso, mirada inquieta y gesto de certeza como quien reconoce una batalla perdida, remató:

– Ya a mí nada de eso me importa: Ya yo ya.

Ya yo ya es una expresión abreviada, casi vulgar, para decir que ya saciamos alguna necesidad: comer, cagar, bañarse, venirse, entre otras. La de él, en cambio, tenía una connotación más existencial, vital, y nada vulgar. “Ya yo ya viví”, puede ser. O “Ya yo ya estoy muerto”, también puede ser. O “Ya yo ya no tengo que ver con nada”. En fin: pueden ser muchas cosas de estas, o ninguna. Le escuché alguna vez a no sé quién que Savater, el filósofo y escritor español, decía que “vivir es desilusionarse”. Supongo que a él, a Celso, no le importa lo que dijo y ni siquiera le importa quién es Savater. Eso, en este caso, es lo que había detrás de esa fastidiosa aseveración coloquial: desilusión.

Ya – yo – ya: el fastidio ahora era mío, pues esa expresión, a decir verdad, siempre me ha molestado. Y si lo digo yo mismo involuntariamente me molesta el doble. Me desagrada, entre otras cosas, porque la mayoría a quienes les escucho decir esta especie de ligereza lo hacen con cierta sorna y sobradez. Por el contrario, como ya dije, Celso lo decía anulándole la frivolidad con la que normalmente se usa. Lo decía al revés: con cierta densidad, entre tristeza y prudencia, aceptando de ante mano que ya nada vale la pena en términos profesionales, artísticos, por lo menos en lo que respecta a la divulgación de su obra. 

Esto, para mí, como él lo veía, era una injusta derrota. De cualquier modo, el ya yo ya esta vez no me había molestado: esta vez me dolió. No por mí, sino por él. Porque creo, sin muchas explicaciones o argumentos más que una sensación intuitiva que, como ya dije, es injusto. Y la injusticia en este caso, según mi percepción, es que a alguien como él, tan talentoso y refinado en cuestiones de arte, lo invadiera ese poco entusiasmo, esa indiferencia obligada por una especie de devenir desafortunado, y que además pensara y sintiera eso de su trabajo, y de las inmensas posibilidades que tiene en muchos sentidos, incluido el de los proyectos editoriales de su obra.

Además, lo pienso y lo pregunto con cierto disgusto también: ¿ya yo ya, qué? ¿Qué fue lo que ya hicieron o lograron? ¿Comer?, ¿cagar?, ¿bañarse?, ¿venirse? ¿Son esas cosas motivo de orgullo? Paradójicamente, en su caso, yo lo veo de modo opuesto; para mí, este ser humano que es Celso, en la medida en que anula deseos y expectativas vanidosas, y cada vez que se siente más vencido, como si no fuera nadie y no hubiese logrado nada, está a muy poco de lograrlo todo. 

Entonces, ¿por qué el aburrimiento? ¿Por la edad? ¿Cuántos: 30, 45, 58, 70? A quién le importa la edad. A mí no, por ejemplo. Miento: sí me importa, y mucho; no hago otra cosa que pensar en mi edad, esa cosa extraña que no sé ni cómo ni cuándo pasó: una fatalidad. No la edad, sino pensar todo el tiempo en esta. Una tontería, y una pérdida de tiempo, supongo. Pero, supongo también, a los artistas -esos seres lúcidos- no tendría porqué importarles tanto ese tipo de cosas, ese tipo de noción del tiempo, ni la percepción de éxito o fracaso que ésta trae consigo. 

Yo, por decir algo, tengo 41 y siento que la vida me pesa como si tuviera 82. La sentencia es clara: no he hecho ni voy a hacer nada en la vida, por lo menos nada que valga la pena. En fin: el mío es otro tema, ¿o el mismo? Así que volvamos al asunto: ¿tendrá qué ver esa indiferencia, ese desinterés y esa desilusión, las de este artista, con una visión tremendista del paso del tiempo? Tal vez sí. Y ¿cómo contrarrestarlo? No sé. Nadie sabe.  

Creo que fue a Jean- Claude Carriére, célebre guionista francés, en su libro The End, al que le leí, palabras menos palabras más, que una buena escena es aquella que, así no se muestre de modo evidente, comienza cuando está a punto de acabarse. Es decir, una especie de obviedad: siempre lo mejor es lo que está pasando, justo antes de que se acabe. Eso, en términos vitales, es lo que nos mantiene con una sana y necesaria ilusión para seguir transitando mientras llega lo inevitable. 

Y mientras llega, de mi parte, no queda mucho más por decir. Que es un gran artista, Celso. Y que tiene muchas cosas maravillosas por mostrar, o por hacer, se publiquen o no, en uno o varios libros. Y lo digo sin temor a la adulación. Nada más distante, pues sólo estoy mencionando una realidad verificable: sus obras y nada más que eso lo constatan con facilidad. A veces de lo que no estoy seguro es de que él esté seguro de eso: del gran artista que es. Eso ni siquiera quiere decir que es un buen dibujante, o un excelente pintor (que sí lo es), o un gran fotógrafo (que también lo es), sino que es simplemente un ser sensible, un catador natural de la condición humana y todo cuanto incluye: de sabores agridulces, y de grietas y heridas y desencantos y placeres. 

Ya al final de la visita, cuando nos encaminamos hacia la puerta, nos detuvimos en la primera sala de entrada a observar dos cuadros.

– ¿Qué te parecen?, me dijo.

– Buenísimos… Me gustan.

– ¿Te imaginas eso en Nueva York, como antes, y la gente impresionada con mi obra?

– Pues sí, qué bien. – Me animé y me retracté –. Ya eso quedó atrás. Nueva York está allá, y allá está bien. Tu Nueva York ahora está aquí, son estos árboles de mango hermosos que tienes en la puerta de la calle de tu casa. Aquí, donde tienes tu lugar para seguir pintando como lo haces todos los días. 

No dijo nada. No sé si me escuchó. No sé si acabo de inventar ese diálogo, o parte de él, mientras escribo. Qué importa. En caso tal lo que me queda por hacer, por escribir aquí, es en cierta medida darle la razón a Celso, y de paso reconciliarme con la susodicha frase incompleta, esta vez alterada: 

– Celso: ya tú ya. Ya tú ya has llegado a lo mejor, a lo más luminoso, y también a lo más terrible: ya eres un artista, un lúcido, desde siempre lo fuiste. Lo demás: recuerdos, frustraciones y temeridades, para el olvido, que no sirven para nada. Sigue viviendo y pintando, sólo eso.

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